Cada 23 de abril me pasa lo mismo: siento una mezcla de vértigo y emoción. Después de treinta y cinco años en el sector, veinticinco de ellos con mi propia empresa —que cumplimos este mes de junio—, y ejerciendo como agente literaria, Sant Jordi sigue siendo para mí un día excepcional.
Desde fuera, la Diada es una fiesta luminosa: calles llenas, rosas que pasan de mano en mano, libros envueltos con cuidado, dedicatorias apresuradas pero sentidas. Desde dentro, para quienes trabajamos en el sector, es el punto culminante de un trabajo largo, a menudo silencioso, que empieza muchos meses antes.
Cada libro que hoy se ofrece al lector ha pasado por innumerables conversaciones, dudas, correcciones, apuestas y renuncias; por una larga cadena de personas que han puesto su grano de arena y su profesionalidad para que un texto se convierta en un libro. Sant Jordi no es solo celebración: es también un resultado.
Como agente, vivo este día con una doble mirada. Por un lado, la íntima satisfacción de ver cómo los autores a los que acompaño encuentran a sus lectores cara a cara. No hay algoritmo que iguale ese momento en el que alguien se acerca a una mesa, hojea un libro y decide llevárselo.
La emoción que viven la mayoría de los autores ese día es difícil de explicar con palabras, y también la mía: una emoción hecha de ilusión y de orgullo por haber contribuido a que ese sueño se haga realidad. Pero, por otro lado, está la responsabilidad de saber que para muchos autores —y también para editoriales— Sant Jordi marca el año: confirma trayectorias, abre oportunidades o, a veces, deja al descubierto fragilidades. Y eso es así.
He visto cambiar la Diada con el tiempo. El sector se ha transformado: han aparecido nuevos formatos, nuevas formas de prescripción, nuevas tensiones económicas, e incluso la ciudad ha ido distribuyendo de manera diferente las paradas cada año. Sin embargo, Sant Jordi resiste. Sigue siendo un espacio donde el libro ocupa el centro de la vida pública, donde la cultura se convierte en un acto compartido y no en un consumo solitario. Y eso, para quienes llevamos décadas defendiendo el valor de la literatura, tiene algo profundamente conmovedor.
También es un día de contrastes. La euforia de las ventas convive con la precariedad estructural del sector; el brillo mediático, con el trabajo invisible de editores, traductores, correctores y agentes. Quizá por eso lo vivo con una alegría contenida, consciente y agradecida, pero nunca ingenua.
Después de treinta y cinco años, sigo creyendo en el oficio. Sigo creyendo en los libros que construyen pensamiento, emoción y memoria. Y cada Sant Jordi renuevo esa convicción al ver que, al menos por un día, una ciudad entera decide celebrar las palabras.
Os deseo a todos un feliz Sant Jordi y que regaléis rosas y libros a todos los seres queridos que tengáis cerca. Porque no solo es una tradición preciosa, sino también es educar a nuestra sociedad en no perder el valor que tiene pensar por un día en los demás, regalando una flor, una de las cosas más bonitas que existen en nuestra naturaleza, y ofreciendo algo tan valioso como un libro, que seguro que aportará algo bueno a quien lo reciba.
